Las luziernagas

Acompañar al final de la vida

En algún momento de nuestra vida perderemos a un ser querido. Esto es un hecho inevitable. Tanto como que algún día llegará nuestra propia muerte. 

Estar junto a alguien que se acerca al final de su vida requiere ponerse al servicio.  Cuando la medicina ya no puede curar el objetivo pasa a ser cuidar. En el centro deja de estar la enfermedad para situarse en él exclusivamente la persona que está atravesando ese proceso y su entorno. Cuando se acompaña al final de la vida y en el duelo  se observan necesidades emocionales, sociales y espirituales. Proporciona calma tener a alguien cerca que ya ha vivido ese proceso y que lo acompaña teniendo en cuenta también que cada ser humano, cada familia y cada final de vida es único. 

Cada persona y su entorno familiar y social acoge el final de la vida de una manera genuina. Es un proceso lleno de incertidumbre y en el que la honestidad y la ternura ayudan a que la muerte no llegue en soledad. Esa soledad en la que estando cerca  unos de otros algo impide compartir la experiencia. Puede haber mucha tristeza, confusión y miedo.  Acompañar todas esas emociones ayuda a crear un espacio de calma, de despedida y de acogida de ese final que se aproxima. 

Las acompañantes ofrecemos cuidados a la persona al final de su vida y cuidados a quien cuida. Ofrecemos presencia y calor humano.  

Personalmente me he formado en los diferentes aspectos que conforman el proceso de transición con el fin de acompañar adecuadamente.

El modo en el que ofrezco a día de hoy acompañamiento es través de mi voluntariado en la Fundación Metta Hospice donde podéis obtener más información y solicitar una primera consulta de planificación.